Rev. P. Domenico Franzé O.F.M.

Luisa Piccarreta en oración

« No me contenté solamente
con leer el libro,
sino que pretendí también
conocer a la persona que lo escribió. »

 

Después de haber sufrido, el Beato Aníbal, muchas dificultades y hasta persecuciones como principal promotor de los escritos de Luisa sobre la Divina Voluntad, ahora desde el cielo, lleno de Divino Celo, continúa a través de los Hijos de la Divina Voluntad, divulgando por todo el mundo estos escritos, como fuera su sueño que no alcanzó a realizar.

En aquel entonces, sintiendo ya muy cerca la muerte, el Canónico de Francia le escribía a Luisa esta carta, la cual hemos ya citado anteriormente, llena de esperanza:

« Al canónico V.[1], un queridísimo sacerdote mío, y a mis jóvenes sacerdotes les he ido explicando cual es mi idea para la publicación de esta grande obra; y puesto que son muy inteligentes y de buen espíritu, ellos podrían ser mis sucesores en esta grande obra si el Señor me llegara a llamar a su lado, y procederían con mi trabajo con mis mismos métodos y con el mismo sistema que yo he estado siguiendo. »

¡Cuál no habría sido su sorpresa después de muerto y ya a lado de Nuestro Señor, al ver a sus jóvenes sacerdotes junto con el canónico V. enterrar totalmente la obra que él, su superior y fundador, había iniciado e indicado de continuar!

El Padre P. fue uno de los primeros sacerdotes de la Congregación de los Rogacionistas fundada por San Aníbal María di Francia y cuando este murió le sucedió en el gobierno general de la congregación. Por eso, fue él quien quedó principalmente encargado por el Beato Aníbal de continuar la « gran obra » de la publicación de los escritos de Luisa.

Sin embargo, el solo recordarlo es triste, muy triste, pues la realidad fue otra. Apenas el Santo murió se detuvieron totalmente sus esperanzas. Se dejaron de publicar los escritos de Luisa, incluso el volumen que ya estaba casi listo para su publicación. De nada sirvió el « Nihil Obstat » que con la autorización del Arzobispo de Trani el Beato obtuvo para la publicación de los 19 volúmenes que hasta entonces Luisa había ya escrito, como tampoco el « Imprimátur » que el mismo Arzobispo de Trani les puso a dichos Volúmenes; así mismo, de nada sirvieron los « Imprimátur » que se habían dado a los diferentes escritos ya publicados.

Recordemos algunos de los fragmentos que en el capítulo sobre San Aníbal escribimos:

« Ayer, escribiéndoles a mis tipógrafos de Oria, habiéndome escrito ellos para decirme que para poder ir más aprisa tendrían necesidad de comprar en la fábrica nuevos caracteres tipográficos, yo les respondí que los compraran. ¡Oh, si yo me encontrara en pleno vigor como en mi juventud, volaría a Oria para dedicarme yo mismo a hacer este divino trabajo! »

 

« Este trabajo no solamente es grande por todo lo que le he dicho, sino que también tenga ud. presente que se trata de 25000 ejemplares de toda la obra, de todos los volúmenes presentes y futuros, y por lo tanto costará millones de liras. » (Téngase en cuenta que hace 70 años estos “millones de liras” eran una verdadera fortuna.)

Casi no habría ya que decir nada, pero uno se sorprende aún más cuando lee las cartas que en este capítulo y el siguiente queremos presentarles.

Es clara la mano del demonio en todo esto. A cualquier costo no podía permitir que se publicaran estos escritos, pues sabe que se trata de su fin, del establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra; del Reino de su Santísima Voluntad en el corazón de todos los hombres, en donde el demonio no tendrá ya ningún poder ni dominio, sino que se sentirá totalmente vencido.

Con esto, naturalmente, no queremos por ningún motivo juzgar a las personas, que habrán tenido sus válidas razones. Solamente Dios sabe qué fue lo que sucedió y estamos seguros de que todo entraba dentro de sus inescrutables designios. No obstante, no podemos dejar de sorprendernos y de ver la mano del demonio en todo aquello, como el mismo San Aníbal la vio y la sintió en carne viva:

« No le digo cómo es que siento temblar al demonio, es más, a muchos demonios, por eso hago continuos exorcismos en el nombre de Jesús. »

 

« Otra señal de que esta obra es de Dios es la guerra tremenda que el enemigo ha hecho para abatirme, permitiéndolo Dios, para que no iniciara mis oraciones en la Divina Voluntad ».

Y en este párrafo que sigue podemos ver hasta que punto llegó el demonio para tratar de evitar que se publicaran los sublimes escritos de la Divina Voluntad:

« Le digo en el máximo secreto, que el demonio, para abatirme, tomó la forma de una persona que conocemos para traerme noticias muy impresionantes y por las cuales me vinieron una especie de palpitaciones que estuvieron por matarme, pero después se descubrió el engaño.

 

El enemigo me sugiere: ¿no ves que esta publicación te está llevando a la tumba? ¿Por qué te metiste en esto? »

Pero ahora vayamos a las cartas que queremos presentarles.

¿Qué fue lo que pasó inmediatamente después de que murió San Aníbal María di Francia el 1 de Junio de 1927? Como hemos dicho, el Padre P. le sucedió convirtiéndose en superior general de los Rogacionistas. Debía haber sido él, principalmente, siendo superior del canónico V. y de los jóvenes sacerdotes, quien se encargara de la publicación de los escritos de Luisa y seguramente habrá sentido la presión de todos aquellos que estaban ya interesados en leer dichas publicaciones. Baste recordar que San Aníbal tenía pensado hacer 25.000 copias de cada volumen y que ya había mandado comprar los caracteres tipográficos nuevos para su impresión, lo que nos dice que había tanta gente interesada, y por lo tanto el canónico V. debía haber sentido esta enorme presión. Por otra parte en su misma congregación había ya tantos que de igual modo estaban muy interesados y que estaban ayudando de un modo u otro para las publicaciones: algunos en la tipografía, otros en corregir las pruebas, en copiar a mano los originales para que estos no se maltrataran, etc.

Sin embargo, seguramente sintió también la presión contraria de aquellos que a cualquier costo no querían que estos escritos salieran a la luz. Como por otra parte dentro de su misma congregación más de uno se habrá opuesto a dicha publicación con motivo de creer que se estaba desvirtuando o desviando la espiritualidad original de los institutos fundados por el Santo. No olvidemos lo que estaba sucediendo en el mismo Santo, como él nos lo dice en una de sus cartas:

« Sepa que yo ya no me ocupo casi para nada de mis institutos desde que me he dedicado totalmente a la grande obra de la Divina Voluntad. Hablo de ella con personas espirituales, me entretengo sobre este asunto con quien mejor puedo, hago la mayor propaganda que puedo, incluso en mis institutos…»

Por eso creemos que, aunque los libros que hasta entonces se habían editado ya habían sido aprobados por varios obispos y revisores eclesiásticos; el Padre P. y el canónico V., para darles una prueba a los que se oponían, mandaron hacer otra revisión más empeñativa a renombrados teólogos de la Universidad Pontificia Antoniana de Roma, del último libro publicado por San Aníbal: “Alba que Surge” y del cual se hicieron ¡15,000 ejemplares! Uno de ellos fue el Reverendo Padre Dr. Domenico Franzé, O.F.M. (de la Orden de los Frailes Menores, mejor conocidos como Franciscanos), de quien publicamos la carta que un año después de haber recibido el libro le escribió al Padre P.:

 

+ + +

Dr. P. Domenico Franzé, O.F.M.
Médico Quirúrgico
Prof. de Fisiología y Medicina Misionera
en la Universidad Pontificia Internacional de San Antonio
Socio Emérito de la Academia Pontificia de Roma de M.I.

¡Paz y Bien!

Reverendo Padre P.:

Hace cerca de un año, y precisamente en el mes de septiembre su reverencia me entregaba, de parte también de una persona importante, dos copias del libro titulado:

« En el Reino de la Divina Voluntad »
Historia de un alma
– Parte 1 –
Alba que surge

etc.; con la finalidad de que yo le diera un juicio sobre dicha obra, cuyo autor se había escondido en el más estrecho incógnito.

Pues bien, reverendo Padre, como sabe, yo no me contenté solamente con leer el libro, sino que pretendí también, para dar un mejor juicio, conocer a la persona que lo escribió.

Después de haber leído el libro y de haber hablado con quien lo escribió, no me detuve ahí, para no apoyarme solamente en mi propia convicción, sino que también busqué el parecer de mis hermanos religiosos más competentes, de uno de los cuales le adjunto también su relación escrita; se trata del Padre Consalvo Valls, Profesor de teología en esta Universidad Pontificia Internacional de San Antonio, y examinador delegado para la revisión de nuestros libros[2].


En verdad, para quien no tuviera tiempo y deseos de recorrer todo el libro, bastaría que le diera una mirada al índice para ver cómo un alma llamada por Dios a la perfección se eleva con paso firme y gradual, por los caminos del desapego y del aniquilamiento, de las tentaciones y de las pruebas, entre las cuales, durísima, una que lleva arrastrando ya por 46 años.

A mí que soy médico, me deja simplemente sorprendido el hecho de que, en dicha alma, yo no haya encontrado llaga alguna de decúbito o algún otro tipo de erosión en la piel de una persona obligada a estar inmovilizada en cama durante tantos años.

A mí que soy religioso regulador me consuela tanto el haber recibido la confirmación, de que después de tantos años, los médicos, los confesores y los arzobispos ordinarios, no hayan jamás hallado, después de tantas pruebas, ninguna clase de engaño o fraude.

A mí, en fin, que soy Sacerdote, me llena de gozo el alma el haber encontrado en dicha alma no solamente la delicada integridad de las virtudes cristianas, sino además un alma tendiente a la perfección e iluminada por una gracia especial.

Haciendo a un lado lo que Nuestro Señor se está dignando obrar en esta alma para purificarla y transformarla en un digno instrumento de su misericordia hacia sus semejantes, yo noto en estos escritos una idea predominante y que podría llamar la idea madre de la existencia de esta criatura: “La Divina Voluntad”.

Esta pobre alma llama a todas las almas a penetrar en el mar de nuestra propia voluntad y quiere hacer constatar que así como uno solo es el mal de todas las voluntades humanas, así una sola es la medicina universal para todos los hombres pecadores, es decir que la Santísima Voluntad de Dios sea vida de las voluntades humanas.

Si la obra de la que hablamos no hiciera otra cosa que inculcar en quien lee los derechos de Dios y de su Divina Voluntad, consolidar su poder supremo sobre todas las voluntades humanas, y sobre todos los poderes y reinos de nuestra minúscula tierra, yo diría que sólo esto ya sería mucho para el bien de las almas.

Reverendo Padre, con juicio de médico y de sacerdote, le digo que solamente un espíritu tan mortificado y perennemente mortificado, solamente una voluntad humana fundida en la Divina Voluntad, puede llegar a concepciones tan fundamentales como las que manifiesta esta alma; la cual, sin tener profundos estudios y sin haber ido a la escuela, sola, en el lecho de su dolor y de sus atroces sufrimientos, con una cultura literaria, teológica y ascética limitadísima, habla con verdadera competencia de cuestiones las más complicadas, resuelve los problemas más difíciles, conduce al alma que lee sus escritos por los campos más perfumados de la virtud.

Ciertamente, no es el caso de que yo le refiera aquí el resultado de las pruebas físicas, psicofísicas y morales que le hice: yo tengo la certeza moral, también porque quien se lo dice tiene ya 65 años, y es ajeno a todo lo que sabe a mundo y a todo lo que es inmoderación. Le digo, tengo la certeza moral, por cuanto le es dada al hombre, de que el libro que su reverencia me presentó podrá hacer un gran bien, especialmente porque está escrito por un espíritu recto y sin ficciones.

Le agradezco sinceramente esta ocasión que me ha ofrecido ud. y me encomiendo a sus dignas oraciones. Quedo de ud.

Su seguro servidor

P. Domenico Franzé.

Estampa de Luisa con oraciones por su Beatificación
Estampa de Luisa con oraciones por su Beatificación

La carta, como ven uds., no necesita comentarse, aunque se quisieran decir muchas cosas, pues uno se da cuenta de cómo este sacerdote, muy consciente de lo que estaba haciendo, de su responsabilidad, no se limitó a dar un juicio personal, sino que pidió la opinión de otros sacerdotes, según él, más expertos en la materia, como si él no lo fuera, pues vemos que sí se trata de un experto con leer solamente su relación. Sobre todo le da a uno gusto, porque antes de condenar o aprobar quiso hablar con Luisa personalmente, cosa que generalmente el hombre y muchas veces las mismas autoridades no tienen por costumbre hacer; pues casi siempre se dan juicios sin siquiera conocer todas las circunstancias de los hechos y sin haber siquiera hablado con quien se estaba condenando, y todo esto con una facilidad enorme.

Así sucedió, como ha quedado dicho anteriormente, con los libros de Luisa, publicados por San Aníbal M. di Francia, lo mismo con Padre Pío, con Santa Juana de Arco, con la recién beatificada Sor Faustina Kowalsky, y tantos, tantos otros santos que han sufrido la misma suerte; mientras que se ha tardado tanto en verdaderamente condenar a quienes han infiltrado y extendido tantos errores sumamente contrarios y perniciosos a nuestra Santa Religión.

Por eso decíamos, uno se sorprende y al mismo tiempo se entristece al darse cuenta de cómo después de esta carta que acabamos de leer no se hayan dado pasos serios para la publicación de los escritos de Luisa sobre la Divina Voluntad. Después de un juicio tan favorable, ya de parte del mismo Beato Aníbal, y luego del Padre Domenico uno se queda mudo y adora en silencio los divinos misterios que Jesús mismo ha escondido en todas estas circunstancias. Mas pasemos al siguiente capítulo en el que podremos ver más claramente aún lo que decimos.

[1] Hemos abreviado algunos nombres por discresión.

[2]Esta carta se encuentra en el siguiente capítulo.