Una meta histórica

“Os anuncio una gran alegría,
que será de todo el pueblo” (Lc. 2,10)

Los días 27, 28 y 29 de octubre de 2005, en Corato (Bari), más de 400 personas procedentes de 16 países asistieron al Tercer Congreso internacional en que se concluyó el proceso diocesano de la Causa de Beatificación de la Sierva de Dios

LUISA PICCARRETA
“la Pequeña Hija della Divina Voluntad”

De este modo su vida, su misión y su Mensaje pasan de manos de la iglesia diocesana, que hace once años, el 20 de noviembre de 1994 (solemnidad de Cristo Rey) abrió su Causa, a las de la Iglesia universal, en la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos. Sucesivamente, el 7 de marzo de 2006 (en el 59° aniversario de la sepultura de Luisa), en la cancillería de esta Sagrada Congregación fueron abiertas oficialmente las cajas que contenían la copia de todos sus escritos y de los testimonios acerca de su vida y virtudes: en un cierto sentido, “el sepulcro” de Luisa ha sido abierto. Es un momento solemne; como hace veinte siglos Nuestro Señor ordenó a su amigo muerto: “¡Lázaro, sal afuera!”, así ahora la autoridad de la Iglesia ha dicho: “¡Luisa, sal afuera!”, sal a la luz pública mediante tus escritos; y a nosotros ordena: “desatadla y dejadla caminar”, desatadla de todos vuestros esquemas (incluso espirituales), de vuestros miedos, da vuestros prejuícios, de vuestros intereses privados, de vuestro querer humano, y que su voz, potente como Trompeta, resuene en todo el mundo.

En el horizonte histórico de nuestra esperanza vemos acercarse el día tan suspirado en que la Santa Iglesia tomará en seria consideración a esta humildísima criatura que tanto la ha amado y por la cual se ha inmolado en largos años de íntimo dolor en su cama. La Divina Sabiduría ha dispuesto que, así come nadie puede ir al Padre si no es por medio de Jesucristo (cfr. Jn 14,6) y no se puede conocer su Divinidad más que a través de su Adorable Humanidad, no se conozca el gran mensaje de la Divina Voluntad como vida, si antes no se conoce aquella que es su depositaria y que ha vivido en Ella. Al “Tesoro escondido” se llega sólo abriendo el humildísimo y maravilloso “cofre” que lo contiene:

LUISA PICCARRETA

“¿Qué habeis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿entonces, Qué es lo que habeis ido a ver?… ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta…” (Lc 7,24-26). Las palabras de Ntro. Señor sobre su Precursor hoy hablan de ella, “la Pequeña Hija de la Divina Voluntad”.
“¿Qué habeis ido a ver a Corato? ¿Una Santa?”

Es cierto que su gente la recuerda todavía, después de 63 años de su muerte, el 4 de marzo de 1947, como “Luisa la Santa”. Es verdad que desde el 20 de noviembre de 1994 ha sido abierta su Causa de beatificación y se le ha dado el título de “sierva de Dios”. ¿Pero quién es y por qué sin ruído llama a personas de todas partes del mundo, mientras por el contrario en Italia no es aún conocida?

Multitudes de peregrinos llenan los grandes santuarios marianos; muchedumbres sin número visitan los lugares de San Pío de Pietrelcina o de San Antonio de Padua… En comparación, es insignificante el número de quienes visitan la casa de Luisa o la tumba en su iglesia parroquial en Corato. Pero hay una diferencia significativa: en el primer caso, las multitudes fervorosas que visitan al Padre Pío o a S. Antonio o a S. Rita, van generalmente a invocar su ayuda, a pedir una gracia o también a cumplir una promesa, mientras quien va a casa de Luisa lo hace respondiendo a una misteriosa llamada, para conocer Algo muy especial, con el secreto deseo de aprender un arte divino: a hacer la Voluntad de Dios. Después, a medida que va descubriendo la figura de Luisa, decubre que ese Algo es el “Fiat” Divino vivido en todo momento, una misteriosa y sorprendente novedad: que ahora el Señor nos propone vivir en su Divina Voluntad. Entonces, ante la vida que Luisa ha vivido, confinada por más de 64 años en una cama, pasa del asombro al gozo de descubrir en ella “el tesoro escondido” y al deseo de saber más de este Reino para adquirirlo.

 

“Con la beatificación del Beato Anníbale Di Francia han sido aprobados por la Iglesia también sus escritos y por tanto también los prefacios a las obras de Luisa” (de la homilía del 23 de enero de 1991 de S. E. Mons. Carata en la iglesia de Santo Domingo, en Corato)

“¿Por qué buscais entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.”(Lc. 24,5-6)

A Luisa se la encuentra siempre viva en sus Escritos.

Luisa puede decir con San Pablo: “Animados por ese mismo espíritu de fe del que está escrito: He creído, por eso he hablado, también nosotros creemos y por eso hablamos” (2 Cor. 4,13). Y, precisamente porque ha poseído este Don supremo de la Divina Voluntad como vida, ha podido por consiguiente hablar de este nuevo Don y de la Voluntad de Dios –ella la primera– con una luz y una competencia como nadie, ni antes ni después, ha podido hacerlo en la Iglesia.

 

Declaración

Solamente ahora, después de contar la vida de Luisa, sin ocultar o disimular nada, porque “la verdad nos hará libres” (Jn 8,32) –y todo lo que se ha dicho en este libro se apoya por completo en documentos y testimonios– esta declaración no sólo es una debida formalidad, sino también un deber de justicia y de lealtad hacia la Iglesia y hacia la Verdad.

1. Haciendo suyas las palabras de Luisa, el Autor desea, la final de todo lo dicho, “espontánea e inmediatamente cumplir el deber de alma cristiana de humillar su incondicional, inmediata, plena y absoluta sumisión al juício de la S. Romana Iglesia, sin restricción alguna”, y eso en conformidad a los decretos de Urbano VIII y a las directivas del Concilio Vaticano II. De esta forma, el Autor no pretende en modo alguno anticipar el juício sobre la vida, la misión, la santidad y el mensaje de Luisa, que corresponde a la Santa Iglesia Católica. Cuanto aquí se ha dicho no pretende más fe que la que merecen fidedignos testimonios humanos.

 

2. El Decreto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (que era el “Santo Oficio”) abrogando los cánones 1399 y 2318 del anterior Código de Derecho Canónico (A.A.S. n. 58/16 del 29.12.1966) fue aprobado por el Papa Pablo VI el 14.10.1966 y publicado por orden del mismo Pontífice, por lo cual ya no está prohibido publicar sin Imprimatur escritos acerca de presuntos hechos o revelaciones sobrenaturales.

 

3. El Indice de los libros prohibidos era el catálogo oficial de los libros condenados por la Sede Apostólica como dañosos para la fe o la moral, de los cuales, e la anterior legislación, estaba prohibida, salvo especial dispensa, tanto la lectura como el poseerlos. El Indice, publicado por primera vez en 1559 por Pablo IV y puesto al día en numerosas ediciones sucesivas, ha estado en vigor hasta el 14.06.1966, cuando una Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe ha abolido su valor jurídico (Enchir. Vat., vol. 2. pp. 674-677).

Naturalmente sigue íntegro el derecho-deber de la Santa Sede de con­denar los escritos que ponen en peligro la fe o la moral; igualmente sigue intacto el valor moral del mismo Indice. Asvierte de hecho expresamente dicha Notificación “Esta Congregación para la Doctrina de la Fe, tras haber consultado al Santo Padre, comunica que el Indice sigue siendo moralmente obligatorio, en cuanto amonesta la co­nciencia de los cristianos a guardarse, por una exigencia que brota de la misma leye natural, de aquellos escritos que puedan poner en peligro la fe o la moral; sin embargo declara a la vez que el mismo ya no tiene fuerza de ley eclesiástica con las correspondientes censuras”.

 

4. Es intención explícita del Autor apremiar y animar a cuantos se ocupan en su Causa de Beatificación y a las Autoridades de la Iglesia, a las que compete “el caso Luisa” en sus distintos aspectos, a que hagan todo lo que depende de sus posibilidades, para que definitivamente salga, con la glorificación de la Sierva de Dios, de ese estado de evidente contradicción al que ha sido relegado inexplicablemente por tantos años.

Y al mismo tiempo desea apremiar y animar a cuantos han conocido a Luisa, mejor dicho, a todos en la Iglesia, para que unamos nuestros esfuerzos ante el Señor mediante la oración y el conocimiento y el cumplimiento de la Divina Voluntad, para así obtener todos juntos esta Gracia, este gran milagro del Señor: que sea reconocido públicamente a Luisa el puesto que le ha asignado la Divina Providencia en su inescrutable Proyecto de amor y, como consecuencia, que la Divina Voluntad sea conocida y reine. “El caso Luisa” es responsabilidad de todos.

 

5. Por último, no olvidemos que todos, en la Iglesia, podemos pecar de omisión; en el caso presente, de forma específica, contra la Fe, si ocultaramos la luz a nosotros mismos o a los demás, por pereza o por anteponer intereses personales. Esto es un reclamo al santo temor de Dios, bien sabiendo que Dios hace que la realización de sus designios dependa de la libre fidelidad y obediencia de pobres criaturas. Cuántas veces los hombres, en nombre de un celo por Dios, no han sabido ver la Obra de Dios ni obedecerla: “ignorando la Justicia (que ofrece) Dios y buscando afirrmar la propia, no se han sometido a la Justicia de Dios” (Rom 10,3)… Son los riesgos de Dios. Y la Iglesia está formada por Jesucristo y por esos “riesgos”, que somos los hombres.

Pues bien, a pesar de la fragilidad y la pequeñez de cada hombre, el Autor cree la Iglesia, fundada sobre la Roca, que es Pedro, que es Cristo, que es la misma Divina Voluntad, y está segurísimo de la asistencia divina que le ha prometido el Señor. Por eso, a pesar de todas las dificultades, nutre un irremediable optimismo, de que la Luz de la Verdad antes o después resplandecerá en favor de esta humildísima y obedientísima criatura, que es Luisa. Por eso, el Autor hace suyas las ya citadas palabras de un testigo de Luisa, el P. Doménico Franzè: “Yo tengo la certeza morae, por cuanto es dado al hombre”, y esas otras del P. Consalvo Valls: “Yo nutro la íntima persuasión de que la persona en cuestión –nuestra Luisa– es un alma de Dios y que es divina la obera que en ella se cumple”.
Al escribir esta Biografía suya, el íntimo deseo del Autor ha sido de ofrecer su personal testimonio de Luisa.

 

* * *

“No hay nada oculto que no haya de ser revelado,
ni secreto que no haya de ser conocido”. (Lc 12, 2)

“¡Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído!” (Hechos, 4,20)

Considero providencial y de gran significado que mi primer encuentro no fue con la figura de Luisa Piccarreta, sino con el espíritu de Luisa, con su vida interior, con “su” Doctrina sobre la Divina Voluntad. De esa forma Dios ha querido atraer mi atención hacia lo que más Le interesa, hacia su “cuadro” antes aún que hacia “el marco”, que es Luisa.

P. Pablo Martín

“DEUS CARITAS EST”

Es el título de la primera Encíclica del Papa Benedicto XVI.

En el n. 17 dice significativamente:

“El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de la alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero ese encuentro solicita también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es un camino hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la Suya une inteligencia, voluntad y sentimiento en el acto totalizador del amor. Sin embargo se trata de un proceso que se va realizando continuamente: el amor nunca está «concluído» y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y precisamente por eso permanece fiel a sí mismo. Idem velle atque idem nolle – querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos reconocieron como auténtico contenido del amor: llegar a ser el uno semejante al otro, que lleva a la comunión del querer y del pensar.

La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en el hecho que esta comunión de voluntades crece en comunión de pensamientos y de sentimientos, y así, nuestro querer y la Voluntad de Dios van coincidiendo cada vez más: la Voluntad de Dios ya no es para mí una voluntad extraña, que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi misma voluntad, conforme a la experiencia que, de hecho, Dios me es más íntimo que yo mismo. Entonces crece el abandono en Dios y Dios se convierte en nuestra alegría (cfr Sal 73 [72] 23-28).”

Al comienzo de su Pontificado, en la homilía del domingo 24 de abril de 2005, había dicho: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la Palabra y de la Voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia»