“Luisa, ¿quién eres tú?”

De nuevo Jesús les dijo: “Yo Soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida”.

Le dijeron entonces los fariseos: “Tú das testimonio de tí mismo: tu testimonio no es verdadero”.

Jesús respondió: “Aunque sea Yo el que da testimonio de Mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vengo y a dónde voy, mientras que vosotros no sabeis de dónde vengo o adónde voy. Vosotros jusgais según la carne; Yo no juzgo a nadie. Y si juzgo, mi juício es verdadero, porque no soy Yo sólo, sino Yo y el Padre que me ha mandado”.

(…) Le dijeron entonces: “¿Quién eres Tú?”

Jesús le dijo: “Precisamente lo que os digo. Tendría muchas cosas que decir y que juzgar de vosotros; pero Aquel que Me ha mandado es veraz, y Yo digo al mundo las cosas que de El he escuchado”.

No comprendieron que El les hablaba del Padre. Dijo entonces Jesús: “Cuando hayais levantado (o sea, condenado) al Hijo del Hombre, sabreis que Yo Soy y que no hago nada por Mí mismo, sino que, como me ha enseñado el Padre, así hablo. El que me ha mandado está conmigo y no me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que le agrada”. (Jn 8, 12-16 y 25-29).

 

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Los escritos de Luisa son, ya lo hemos dicho, el gran testimonio de su vida, de la obra extraordinaria que Dios ha realizado en ella, de la Misión única a la que la ha llamado y de la Santidad en que la ha introducido, cuyas puertas, a partir de ella y gracias a su fiel respuesta, Dios ha abierto a todo el que quiera y se disponga.

Son cosas simplemente impensables, increíbles… Si es así, el Señor ha querido manifestarlas sirviendose de la misma Luisa. Obligada a escribir sus intimidades místicas con Jesús por una inexorable obediencia –tremendo martirio de toda una vida–, ha tenido que manifestar todas sus cosas. Entonces la conclusión obligada es que, de esa forma, el Señor ha puesto el orgullo y la auto-suficiencia humana ante lo paradójico: Luisa, única testigo de sí misma… Una vez más se intuye en contraluz el eco de la Palabra del Señor: “Aunque Yo dé testimonio de Mí mismo, mi testimonio esè verdadero, porque sé de dónde vengo y adónde voy…” (Jn. 8,14).

Pero la paradoja se resuelve por sí sola: Luisa no es una ilusa, una pobre mujer que se nutre de su propia “fantasía exaltada y enferma”. Sería como decir –con palabras suyas– “el alma más soberbia de este mundo”. Exactamente todo lo contrario de cuanto resulta de los testimonios de todos los que la conocieron y de la misma lógica interna de su vida y de sus escritos: “Luisa, la Santa”, así llamada por el pueblo cristiano, “una vida más celestial que terrena”, como dice San Aníbal María Di Francia, que la trató íntimamente durante 17 años.
Falta por ver si todo lo que ha escrito sea objetivamente verdadero.

La respuesta es que necesariamente Luisa ha poseído –y ella es la primera– la Divina Voluntad como un don de la Gracia. Algo que la Mística, antes de ella, no conoce y no podía conocer, porque Nuestro Señor todavía no lo había manifestado; de hecho Dios realiza sus decretos “en los tiempos y momentos que ha establecido con su poder soberano” (Hechos de los Apóstoles, 1,7).

Y Luisa puede decir con San Pablo: “Animados por ese mismo espíritu de fe del que está escrito: He creído, por eso he hablado, también nosotros creemos y por eso hablamos” (2ª Cor. 4, 13). Luisa, precisamente porque ha poseído este Don supremo de vivir en la Divina Voluntad, ha podido por consiguiente hablar de este nuevo Don y de la Voluntad de Dios –ella la primera– con una luz y una competencia como nadie, ni antes ni después, ha podido hacerlo en la Iglesia.

Luisa escribe en una carta, el 27 de noviembre de 1944:
“Nosotros no hablamos de algo que ha prohibido la Iglesia, sino de algo que la misma Iglesia no conoce todavía, y un día vendrá que la Iglesia conocerá y apreciará con triunfo y victoria. No puede haber verdadera paz ni verdadero triunfo, si la Divina Voluntad no es conocida. Nuestro Señor hará los más grandes milagros para hacer que reine su Voluntad en la tierra; por eso pidamos que abrevie el tiempo y que todo se convierta en Voluntad de Dios”.

Es urgente que toda la Iglesia sepa, que todos sean conscientes del signo de los tiempos más bello y más sorprendente que Dios nos ha dado, que es Luisa, la pequeña Hija de la Divina Voluntad, destinada por el Señor a ser el prototipo y el comienzo de lo que El llama “la segunda generación de los hijos de la Luz, los hijos de la Divina Voluntad”. Ella es “la Trompeta”, que ha de convocar esta nueva generación, tan ardiente­mente suspirada. Ella es “la Hija primogénita”, la secretaria de Jesús, la maestra de la ciencia más sublime, que es la Divina Voluntad… Estos son algunos de los nombres con que Jesús a menudo la llama.

¿Quién es Luisa? Jesús le ha dicho: “Tu misión es grande, porque no se trata de la sola santidad personal, sino que se trata de abrazar todo y a todos y preparar el reino de mi Voluntad a las humanas generaciones” (22.08.1926).