Luisa en convento con las monjas

Escribe el Confesor de Luisa, Don Benedetto Calvi:

“Desde 1910, el Canónigo Aníbal María Di Francia había conocido a nuestra Luisa, admirando su vida, asombrado por sus sublimes escritos. Desde el principio dicho Padre (fundador de los Padres Rogacionistas del Corazón de Jesús y de las Hijas del Divino Celo) manifestó su deseo de tenerla para siempre en sus Orfanatos o Conventos, come Maestra de virtudes y de la Divina Voluntad, para sus monjas y huerfanitas. Luisa no aceptó, si bien el Padre Di Francia le hubiera propuesto escoger ella misma una de sus muchas casas, incluso la más cercana, de Trani. Luisa le contestó que Dios la tenía reservada para Corato. Entonces el Padre Di Francia, para poder realizar su gran deseo, quiso fundar otra Casa también en Corato. Enseguida surgió el edifìcio, y sólo así Luisa, obligada por su Confesor, abandonó su solitaria morada y la tarde del 7 de octubre de 1928 entró con su camita en el nuevo Orfanato, entre las Monjas del Divino Celo y las huerfanitas[1]. Durante 10 años vivió en Convento su vita habitual, y luego, por Superiores disposiciones, el 7 de octubre de 1938 volvió a vivir en una casa privada, hasta su muerte”.

 

Luisa, testigo de sí misma

Hasta aquí hemos contado casi todo lo que podría decirse de la vida de Luisa, y lo hemos hecho sirviendonos de importantes testimonios y, sobre todo, siguiendo el relato de ella misma en su Primer volumen y en el “Cuaderno de memorias de la infancia”. Sólo por obediencia –y sólo Dios sabe cuánto le habrá sido dificil y dolorosa– Luisa ha tenido que dar testimonio de sí misma.

Es importante subrayarlo, pues “¿quién conoce los secretos del hombre, si no el espíritu del hombre que está en él? Así también los secretos de Dios nadie ha podido conocerlos nunca, si no el Espíritu de Dios. Y nosotros –puede decir Luisa– no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios para conocer todo lo que Dios nos ha dado” (1ª Cor. 2, 11-12).

Por lo tanto, aunque contaramos mil anécdotas extraordinarias y asombrosas de Luisa, como muchos de sus testigos cuentan, nada se añadiría al retrato que el Señor ha querido hacer de ella; es más, en esta breve biografía dejamos a un lado aposta lo anecdótico, para no equivocar la verdadera figura de Luisa y el papel único y extraordinario que Dios ha querido darle, reduciendo su vida a una serie de episodios prodigiosos y edificantes.

Se han hecho tantas películas sobre la vida de muchos personajes, de tantos Santos, incluso sobre la vida de Nuestro Señor Jesucristo. En el caso de Luisa eso sería imposible. No se puede contar una vida que consiste en una sola escena: ¡más de sesenta años en una cama! Pero entonces, ¿qué se puede decir de su vida? ¿Qué podemos decir de esta persona? ¿Pero quién es Luisa? ¿Y qué ha hecho en su vida? ¿Cuál ha sido su misión?

La respuesta asombrosa se halla toda en sus Escritos, sobre todo en sus 36 volúmenes. No es posible conocer a Luisa sin conocer sus Escritos. Sono “sus apóstoles”, “sus hijos”, los hijos de Jesús y Luisa. Son el fruto de su vida interior, el maravilloso autoretrato que Luisa ha debido dejar como herencia a la Iglesia, de parte de Jesús.

¿Pero de qué hablan estos Escritos? ¿Para qué sirven, cuál es su finalidad, cuál es su valor…?

Intentemos ahora acercarnos un poco apenas, leyendo alguna página: es indispensable para presentar la figura y la vida de Luisa, pero a la vez es del todo insuficiente. En general vamos a seguir el orden cronológico de esos textos.

[1] – El orfanato de San Antonio fue construido en un terreno que, con ese fin, le fue regalado al Padre por las señoritas Cimadomo, tres fieles discípulas de Luisa. Lo primero que su nuevo Confesor, Don Benedetto Calvi, le impuso fue cumplir el último deseo del difunto Padre Di Francia.