“Continuando mi habitual estado…”

Con estas palabras empiezan muchos capítulos de los volúmenes de Luisa. Se trata del estado en que vive su alma, en un estado de sufrimiento frecuente y prolongado, debido sobre todo a la privación sensible de Jesús; al mismo tiempo indica su incesante palpitar en el seno del Querer Supremo de Dios, en el que continuamente se sumerge, como en un inmenso océano, recorriendo todo lo que hace el Querer Divino, tanto en Dios como en las criaturas, en el Cielo y en la tierra, en todos los tiempi y en todas las generaciones, en todos los seres humanos y en cada uno de sus actos, extendiendose con Jesús en ese Acto único y eterno del Querer de la Stma. Trinidad que expresa la palabra “Fiat” (“¡Hágase!”): en el “Fiat” de la Creación, en el “Fiat” de la Redención y en el “Fiat” de la Santificación, que es precisamente ese “Fiat voluntas tua, sicut in Coelo et in terra” que pedimos en el Padrenuestro… Así es como ella lo invoca y nos enseña a hacerlo, para que venga a reinar en la terra, y para eso, gracias a la omnipotencia y a la inmensidad de a Divina Voluntad, que abraza todo y está presente en todo, a Luisa no se le escapa nada por lo que no dé a su Creador, en nombre de todos y en cada uno, el acto de reconocimiento, de adoración, de alabanza y gloria, de agradecimien­to, de reparación y de amor, que todas las criaturas Le debemos.

Esa actividad incesante de su alma, que es precisamente el vivir en el Querer Divino, constituye su habitual e inmutable estado.
Por fuera su vida se desarrolla también según un “habitual estado”; es de lo más regular, sin más regla que un perfecto abandono y disponibilidad a la Voluntad Divina.

Don Benedetto Calvi¿Cómo era un día cualquiera de la vida de Luisa? Su último Confesor, Don Benedetto Calvi, ha dejado este testimonio:

“Fenómenos extraordinarios en su vida. Hacia las 6 de la mañana, el Confesor llegaba a la cabecera de su camita. Luisa estaba como petrificada, tan fuertemente acurrucada, que cuando su hermana o alguien de casa, por obediencia al Confesor o al Obispo, tenían que sentarla en la cama, en su postura habitual, no conseguían moverla por su peso, como si fuera un grande pedazo de plomo, ni extenderle sus miembros, estando muy rígidos. Sólo cuando el Confesor, que podía ser a veces también cualquier otro Sacerdote, le devolvía la vida y los movimientos del cuerpo,mediante una bendición y haciendole en el dorso de la mano, con el pulgar, la señal de la cruz, el cuerpo de Luisa volvía a la vida, empezaba a moverse, y su hermana podía fácilmente y sin esfuerzo alguno levantarla y colocarla en su sitio y en su acostumbrada y única postura, sentada en su camita.

Otro fenómeno extraordinario: en 64 años inmóvil en su camita nunca sufrió llagas de decúbito. Seguía inmediatamente la lectura hecha solamente por su Confesor, a su cabecera, de lo que Luisa había escrito por la noche acerca de
las sublimes verdades de la Divina Voluntad.

Y otro hecho extraordinario: ¿de qué se alimentaba? Todo lo que tomaba, después de alguna hora, lo devolvía completamen­te intacto.
Todos estos fenómenos han sido observados por mí personalmente y controlados escrupulosamente, y sometidos a severos exámenes por no pocos doctores y profesores de Dogmática, de Moral, de Ascética y Mística llamados por nuestros Superiores Diocesanos a dar su parecer. Citamos dos de ellos: el Doctor P. Doménico Franzè, O.F.M., profesor de Fisiología y Medicina en el Colegio Internacional de Roma, y el Doctor P. Consalvo Valls, O.F.M., también Doctor en Teología, Moral, Ascética y Mística; y otros más”.

Después de haber “despertado” a Luisa con la santa obediencia, el Confesor, o bien otro Sacerdote, celebraba la S. Misa en su cuartito, delante de su cama. Después de la Comunión Luisa se quedaba como dormida, extasiada, en íntimo diálogo con el Señor por dos o tres horas, sin la rigidez e la pérdida absoluta de conocimiento de la noche. Sin embargo, a menudo durante el día estaba con Ntro. Señor de forma sensible, y a veces quienes estaban con ella lo notaban.

Cuando volvía a la normalidad se ponía a trabajar, sentada en la cama. Cosía y bordaba en el “tómbolo” trabajos muy finos, en general manteles, ornamentos, etc. para la iglesia, y a su casa iban cada día algunas muchachas para aprender el trabajo, atraídas sobre todo por el dulce encanto que emana­ba la presencia de Dios en Luisa… Y con ella todo el tiempo se rezaba, se hacían “las Horas de la Pasión de Ntro. Señor”, como ella las hacía (muchas de ellas llegaron a saber de memoria las “Horas”); hacían también horas santas de reparación y otros ejercicios de piedad. En una palabra, su vida exteriormente aparecía así, siempre igual: trabajo, silencio y oración.

Sobre las dos y media o las tres de la tarde le llevaban la comida, como le había sido ordenado: una pequeña cantidad de alimento, que pocos minutos más tarde devolvía invariablemente, como en una contracción de hipo, en un recipiente que le presentaban “destinado a ese rito”.
Por la tarde solía dedicar otra hora a la meditación; entonces le corrían las cortinas de la cama y durante una hora y media o dos horas la dejaban sola… con la Reina del Cielo, que venía a visitarla.

Luego continuaba el trabajo hasta las diez y media o las once de la noche. Entonces Luisa se ponía a escribir, si había tenido alguna manifestación particular de Ntro. Señor durante el día o durante su “habitual estado” nocturno, o bien cuando se le renovaba la obligación de hacerlo.
Finalmente, a medianoche o a la una, Luisa era ayudada a extenderse en la cama y entonces perdía el sentido, caía en su estado de “muerte”; si le ocurría antes de extenderse, en esa postura se quedaba, como una estatua de piedra.
Así pasaban los días de toda su vida.

En 1910 llegó a Corato el Padre Aníbal María di Francia, empezando una serie de visitas y un frecuente e íntimo contacto espiritual con Luisa [1] durante 17 años, hasta su muerte (el 1° de junio de 1927). Conocerla significó para él un cambio transcendental en su vida y la manifestación del Divino Querer fue decisiva para su espiritualidad. Con mucha frecuencia se le podía encontrar en casa de Luisa, de quien fue confesor extraordinario. En 1926 el Arzobispo de Trani lo nombró director respecto a los escritos de Luisa, con vistas a la publicación que el Padre deseaba hacer, pero que su muerte impidió, y Censor eclesiá­stico en las tres diócesis unidas de Trani, Barletta y Bisceglie.

La cuarta edición de las "Horas de la Pasión" publicadas por S. Anibal María Di Francia

La cuarta edición de “las Horas de la Pasión”,
publicadas por S. Anibal María Di Francia.

En casa de Luisa a menudo se encontraban con el Padre Anibal otros sacerdotes, el P. Gennaro Braccali, S.J. y el P. Eustachio Montemurro, fundador de las Hermanas Misioneras del Sagrado Costado (ambos fallecidos en fama de santidad). Los diferentes Arzobispos de la diócesis se interesaron por Luisa y la visitaron personalmente varias veces, sobre todo Mons. Leo y Mons. Petronelli. Otros muchos sacerdotes y monseñores, italianos y extranjeros, visitaban a Luisa, celebrando la S. Misa en el pequeño altar de su cuartito. Entre ellos se recuerda a Mons. Fernando Cento, cuando era Sacerdote y después Nuncio Apostólico en Venezuela y en Bélgica (posteriormente fue Cardenal de la Santa Iglesia).

San Anibal emprendió enseguida la publicación de las “Horas de la Pasión”. A petición suya, Luisa tuvo que escribirlas en 1913 y 1914. El Padre las tituló “El Reloj de la Pasión de N. Señor Jesucristo”, que publicó en cuatro ediciones (1915, 1916, 1917 y 1925), con “Nihil obstat” e “Imprimatur”. Varios testigos cuentan que un día el Padre llegó a casa de Luisa más contento que de costumbre, contando que había llevado ese libro al Papa San Pío X, de quien había sido recibido otras veces en audiencia privada; el P. Anibal le leía una de las Horas (la de la Crucifixión), cuando el Papa lo interrumpió diciendo: “No así, Padre, hay que leerla de rodillas; es Jesucristo el que habla”. Por último el Padre, como Censor de los escritos, obtuvo del Arzobispo de Trani el Imprimatur para los volúmenes escritos por Luisa (que entonces ya eran diecinueve).

El Confesor de Luisa, Don Gennaro De Gennaro, murió el 10 de marzo de 1922. Lo sustituyó como Confesor el Canónigo Don Francisco De Benedictis, que así mismo falleció cuatro años después, el 30 de enero de 1926. Por último, encargado por el Arzobispo, el Canónigo Don Benedetto Calvi (Párroco de Santa María Greca) fue su Confesor hasta la muerte de Luisa.

 

[1]“L’anima del Padre. Testimonianze”, del P. Tosino R.C.J., pág. 222-234, así como numerosas cartas que esos años escribió a Luisa. Una intensa relación espiritual, poco conocida hasta ahora.