Luisa Víctima

Estando en el campo, un día los demonios intentaron su último asalto, tan violento y penoso que Luisa perdió los sentidos; era la primera vez que le pasaba. En ese estado tuvo una nueva visión de Jesús coronado de espinas y abofeteado por las ofensas de los pecadores. Solicitada entonces interiormente por las invitaciones amorosas de la Gracia y venciendo su temor y repugnancia, aceptó plenamente la Voluntad Divina, el estado de víctima al que la llamaban Jesús y la Stma. Virgen dolorosa. Tenía 16 años.

A ésto siguió un nuevo periodo de gracias sensibles (diferentes visiones del Señor y de María Stma.) alternandose con sufrimientos por parte de los demonios y con participación en los padecimientos de Jesús.

Un día se hallaba con su familia en la massería cuando perdió los sentidos, por segunda vez. De nuevo vió en una escena de la Pasión a Jesús, que le comunicó los dolores de su corona de espinas. Al volver en sí vió que, a causa los espasmos que sentía, no podía abrir la boca ni comer.
Debido a eso, Luisa se vio imposibilitada a comer nada; los primeros tiempos, por espacio de dos o tres días, pero poco después de modo continuo y definitivo, vomitando siempre todo y viviendo en inedia total (exceptuando algunos muy breves periodos) hasta su muerte. Ese estado lo supo su familia, que ignoraba la causa. De esa forma, también externamente, el Señor preparaba Luisa a vivir sólo dr Voluntad Divina y a que Esta fuera su único Alimento, junto con la Eucaristía.[1]

La familia pensaba que Luisa se hubiera procurado ese estado porque no quería estar más en el campo y que su rechazo del alimento fuese sólo un capricho; por lo tanto, regañinas y sufrimientos por parte de su familia, la cual, al fin, por fuerza descubrió la verdad. Y es que un día, mientras Luisa se siente deshacer y morir de angustia con solo pensar que los demás pudieran darse cuenta de sus sufrimientos, y mientras suplica al Señor, pidiendo la gracia de que la hiciera sufrir a escondidas, pierde los sentidos y ve otra vez a Jesús en la Pasión. Olvidandose de ella, le pide entonces que le conceda sufrir en lugar de El, y Jesús enseguida la acontenta; al volver en sí, ve a su alrededor a su familia, turbados y en lágrimas, temiendo que estuviera a punto de morir… Por consiguiente, nuevas visitas médicas, inútiles, y la nueva cruz de no ser dejada sola y de que se le impidiera ir a la iglesia, privada por tanto de los Sacramentos y sin poder visitar a Jesús en el Sagrario.

Ese estado de sufrimientos duró unos 6 o 7 meses, y aumentaron tanto, que a menudo perdía los sentidos y quedaba petrificada, por lo que se vió obligada a estar en cama de forma más seguida. Llamaron al médico, según el cual no era más que una cosa nerviosa; recetó medicinas, distracciones, paseos, baños fríos, y recomendó a la familia que cuidaran bien de ella, cuando caía en aquel estado, porque, les decía, “si la mueven, la pueden romper, pero no arreglar”. La vieron otros médicos, que dijeron que no eran capaces de hacerla volver en sí (“Yo soy un médico, la mística no la he estudiado”), pero aconsejaron llamar a un sacerdote.

Los síntomas físicos de Luisa reflejaban su estado místico de víctima. No eran síntomas de una patología fisiológica. Es un hecho confirmado todo el tiempo en que Luisa vivió definitivamente en cama, desde 1887 hasta su muerte, el 4 de Marzo de 1947.

Hacia 1930 fue examinada por el P. Domenico Franzé, O.F.M., teólogo y médico, por encargo del Arzobispo. Quedó plenamente convencido de la autenticidad de este “instrumento de gracia” y notó que las condiciones físicas de Luisa contradecían las leyes naturales. «A mí que soy un médico –observa el P. Franzé– sencillamente me asombra el que en la paciente yo no haya encontrado ninguna llaga de decúbito o erosión de la piel alguna, en una persona obligada a estar inmobilizada en cama durante tantos años».

Durando ese estado de muerte ya más de 18 días, fue llamado su Confesor (el Padre Cosme Lo Gíudice, agustino), el cual, por obediencia, la hizo volver en sí. Luisa lo atribuyó a la virtud de ese sacerdote y lo consideró un milagro.

Por entonces, a veces podía liberarse ella sola. Y así, mejorando su salud, durante otro periodo pudo ir a la iglesia, a su parroquia, Santa María Greca.
En la Navidad de 1882 –Luisa tenía 17 años– hizo una Novena para prepararse a la Fiesta, haciendo cada día diversos actos de virtud y de mortificación, con nueve meditaciones sobre el Misterio de la Encarnación del Verbo, en honor de los nueve meses que Jesús estuvo en el seno de su Madre. Recibió entonces gracias especiales y la voz del Señor la dirigía en su interior en esa contemplación de nueve horas durante los días de la Novena, que culminaron en una visión del Niño Jesús, quien la invitó a crecer más en la vida de su Gracia y de su Amor. Para lo cual le dijo que siguiera haciendo otras 24 meditaciones sobre su pasión y muerte en Cruz, distribuyendolas en las 24 horas del día.

Treinta y un años más tarde (en 1913 y 1914) Luisa tuvo que escribir por obediencia al santo Padre Di Francia estas “Horas de la Pasión”, que él publicó, pero desde entonces Luisa nunca dejó de hacer esta meditación, ¡desde entonces tenía escritas “las horas de la Pasión” en su alma!

A los 18 años Luisa se hizo terciaria dominica, con el nombre de Magdalena. Es significativo el hecho de haber recibido el nombre de aquella que acompañó a la Madre Dolorosa al pie de la Cruz, la primera que vió al Señor Resucitado y que por eso fue la que dió la gran noticia a los Apóstoles.

En esos años el promotor de la Tercera Orden era su párroco, y en Corato Luisa fue una de las primeras. Poco después, pudiendo liberarse todavía ella sola de su estado de pérdida de conocimiento sin decir nada a su Confesor, Nuestro Señor hizo de nuevo que no pudiera liberarse por sí misma. Volvieron a llamar al Confesor, que la liberó y le mandó que pasara donde él cada mañana, para darle por adelantado la bendición liberadora y así no verse obligado a ir a casa de ella.

Pero he aquí que un día sucedió que, sorprendida por ese estado y no estando el Confesor, fueron llamados otros sacerdotes, que se negaron a ir… Al cabo de diez días de estar Luisa en ese estado de petrificación y muerte, llegó el Canónigo Don Michele De Benedictis y la hizo volver en sí, con sorpresa de todos y sobre todo de ella, que de esa forma comprendió dos cosas: que no era solamente la santidad del sacerdote lo que le devolvía la vida, sino su potestad como ministro de Dios; y que Dios la ponía en manos de los sacerdotes…

Fue el comienzo de una nueva y pesadísima cruz, que duró todo el resto de su vida: la necesidad de la potestad sacerdotal, querida por Jesús, para obtener de El o para quitar el sufrir a esta Víctima y sobre todo para hacerla salir de su “habitual estado”. Mucho le costaba a Luisa depender como víctima del Sacerdote:
“Hija mía–le dice Jesús–, esa es tu pasión predominante, que te libre de la atadura en que mi Voluntad te ha puesto. Yo te tengo en este estado por todo el mundo y me sirvo de tí para no destruirlo del todo”. (Vol. 12°, 12 de agosto de 1918).

En otra ocasión, al quejarse ella diciendo: “Oh Jesús mío, todas mis penas, por más que sean dolorosas, que parece que me destruyen, no me oprimen, y si a Tí te agrada, multíplicamelas incluso; pero Tú sabes cuál es la pena que me tortura. Sólo de esa imploro de Tí compasión, porque me parece que ya no puedo más continuar. ¡Ah, por piedad, ayúdame y líbrame, si Te gusta!”, el Señor le contesta: “…Podría acontentarte, pero no es decoroso que lo haga. Una obra tan alta, una misión tan sublime y única, de llamarte a hacer vida en mi Querer, me sonaría mal si no la hiciera pasar por medio del órgano de mi Iglesia” (Vol. 14°, 12 de agosto de 1922).
Tengo por costumbre manifestar mis obras por medio de los sacerdotes”(Vol. 1°, pág. 85).

“…Estaba sufriendo mucho y trataba de no hacer caso de lo que veía, cuando de pronto vino el Confesor diciendome que Monseñor ordenaba absolutamente que ya no viniera más el sacerdote para hacerme salir de mi habitual estado, sino que por mí misma debía liberarme, cosa que en dieciocho años nunca he podido lograrlo, por más lágrimas y oraciones, votos y promesas que haya hecho al Altísimo, porque, lo confieso ante Dios, todos los sufrimientos que he podido pasar no han sido para mí verdaderas cruces, sino gustos y gracias de Dios, mientras que la sola y verdadera cruz ha sido para mí el tener que venir el sacerdote. Por eso, sabiendo por tantos años de experiencia la imposibilidad del resultado, mi corazón estaba rasgado por el temor de no poder obedecer, y no hacía más que derramar lágrimas amarguísimas, pidiendo a Dios, el único que ve el fondo del corazón, que tuviera piedad de la situación en que estaba. Mientras rezaba llorando he visto un relámpago de luz y una voz que decía:“Hija mía, para hacerle comprender que soy Yo, obedeceré a él, y después de haberle dado prueba de obediencia, él me obedecerá a Mí”.(Vol. 4°, 16 de noviembre de 1902).

Hace falta subrayar en la vida de Luisa su total obediencia a la Autoridad de la Iglesia. Desde que aceptó ser víctima, crucificada en su cama, hasta su muerte, Luisa estuvo sometida al incesante discernimiento de los representantes de la Iglesia. Además, durante más de 50 años, el Señor hizo que dependiera totalmente de sacerdotes encargados por los distintos Arzobispos, para poder volver cada día a la vida normal después de las experiencias místicas que con El vivía. El Sacerdote, unido a la Víctima, debe concurrir a satisfacer la Divina Justicia.

No es fácil hallar en la larga historia de la Iglesia otros místicos que hayan vivido en tanta dependencia de los representantes de Dios. Ni el estado de Luisa era casual. Jesús le explica que ha sido El el que la ha hecho depender así de la Iglesia, para subrayar la importancia de su misión.[2]

A causa de su estado de víctima y de la imposibilidad de levantarse de la cama por más de 64 años, Luisa no sólo dependía de sus Confesores (y por tanto de su Obispo) para seguir viviendo, sino que tuvo que someter su vida interior y exterior a su exámen. Tener que manifestar o escribir todo lo que ocurría entre Jesús y ella, fue para Luisa otra cruz particularmente sentida. Muchas veces pidió al Señor que la liberase de esa dependencia, pero el Señor no quiso.
Esta trasparencia ante los representantes de la Iglesia hizo escribir al ya citado P. Franzé OFM, prefecto para los procesos de beatificación, en una carta del 20.07.1931 al P. Palma, Superior general de los Padres Rogacionistas y sucesor de San Anibal María Di Francia: “A mí, que soy Religioso Regulador, da tanto consuelo haber recibido aseguración de que en tan largo número de años, los médicos, los Confesores, los Arzobispos Ordinarios, después de pruebas exhaustivas, nunca hayan descubierto fraude alguno”.

 

* * *

Empezó entonces una guerra despiadada contra Luisa y su familia por parte de los sacerdotes, de los cuales unos la consideraban una impostora, otros decían que merecía palos y otros la creían endemoniada… ¡Llegaron a dejarla en su estado de muerte, petrificada, sin darle una gota de agua, durante 10, 18 y aún más días!

La madre de Luisa, no sabiendo ya qué hacer en tantas tribulaciones, se dirigió al Arzobispo, el cual empezó a interesarse y dió disposiciones para que los sacerdotes fueran a “despertarla”. En su primer volumen Luisa dice que con ocasión de la epidemia de cólera, en 1887, se produjo el cambio de Confesor. El Padre Lo Giudice, agustino, fue llamado de nuevo a su convento y entonces Luisa volvió bajo la custodia de Don Michele De Benedictis, que la confesaba cuando era pequeña. Al cabo de unos años, en 1894, éste fue designado como Confesor encargado de ella por Mons. Domenico Maringelli, que la encomendó establemente a su cuidado espiritual.

La primera cosa que el nuevo Confesor le mandó fue que, si había de caer en su estado de sufrimiento, antes tenía que pedirle permiso, o, como dice Luisa, “la obediencia”.

Hasta entonces Luisa había vivido su estado de víctima de forma “intermitente”, alternandose periodos de sufrir en cama con otros de una cierta normalidad, en los que podía levantarse, ir a la iglesia, etc. Pasaron así unos cuatro años, hasta la edad de 21 o 22 años.

Un día, después de la Comunión, el Señor le dijo que a causa de los pecados e iniquidades de los hombres, su Justicia estaba a punto de mandar graves castigos, en particular una guerra terrible. Ante lo cual, Luisa se ofreció a padecer ella para que no fueran castigados sus hermanos, imágenes del Señor, el cual le dijo: “¡Precisamente aquí te quería! Si tú te ofreces a sufrir, no ya como hasta ahora, de vez en cuando, sino continuamente, cada día, por un cierto tiempo, Yo no castigaré a los hombres. Mira lo que haré: te pondré en medio, entre mi justicia y las maldades de las criaturas y, cuando mi justicia se vea colmada de iniquidades, tanto que no pueda contenerlas, y se vea obligada a mandar los rayos de castigos para castigar las criaturas, encontrandote en medio, en vez de castigarles, quedarás tú golpeada. Sólo así podré acontentarte y no castigar a los hombres; de otra forma, no”.
Así le dijo que “pidiera la obediencia al Confesor”. Y Luisa escribe:

“Eso que el Señor me dijo, “por un cierto tiempo”, (sin indicarme cuánto tiempo preciso debía de estar sufriendo continuamente) yo lo tomé por unos cuarenta días, más o menos, mientras que llevo ya casi doce años… Yo creo que si el Señor bendito me hubiera hecho entender claramente la duración del tiempo que tenía que estar en cama, mi naturaleza se habría asustado mucho y dificilmente se habría sometido (si bien recuerdo que siempre he estado resignada; pero entonces no conocía la preciosidad de la cruz, como me la ha hecho conocer el Señor durante estos doce años), y el Confesor no habría consentido en darme la obediencia”.

Esto lo escribió en 1899: por tanto Luisa se quedó definitivamente en cama en 1887. Los “40 días” y la indicación que poco después da de un Primero de año al final de aquellos días, nos llevan a precisar que Luisa aceptó ser víctima perpetua, definitivamente en cama, a mediados de noviembre de 1887, cuando tenía 22 años.

Pasaron los 40 días indicados por Luisa, la cual seguía cayendo cada día en su “habitual estado”, por lo que cada día hacía falta la asistencia del Confesor, el cual, cuando vino, le ordenó que no siguiera más en cama y que no volviera a caer en ese estado (cosa que no dependía de Luisa), porque si no, habría dejado de ir a su casa. Luisa estaba dispuesta a obedecer y quiso resistir a Ntro. Señor, pero El quería comunicarle sus sufrimientos. Después de pasar toda una noche resistiendo al Señor, éste prevaleció e la atrajo a sí, sin que ella pudiera impedirlo; Luisa perdió el conocimiento y se vió con Jesús, sin poder oponerse a su Querer. Era el 1° de enero de 1888.

Cuando llegó el Confesor la regañó por desobediente, diciendole que su estado era una enfermedad; que si fuera cosa de Dio, la habría hecho obedecer, y que en vez de llamar al Sacerdote, debía de llamar a los médicos. Entonces ella le dió de parte del Señor, como signo que su estado era querido por Dios, el anuncio de una guerra entre Italia y Africa. Con ello el Confesor se tranquilizó y aceptó la tarea de liberarla cada día de su “habitual estado”. Así puso el Señor a Luisa definitivamente y sin dudas como “lámpara sobre el candelabro”, en su misión de Víctima de reparación y de expiación en favor de los hombres.

[1] – Los primeros tiempos, el vómito ocurría cada tres o cuatro días; pero más tarde se producía cada vez que comía, y comía por obediencia. Pocos minutos después de haber comido, como en un golpe de hipo devolvía todo intacto y de buen aspecto. En el Volumen 11° (29.09.1912) Luisa escribe: “…Estaba preocupada, pensando en mi estado, porque antes tomaba muy poco alimento y me veía en la necesidad de devolverlo, y ahora como más y no vomito…”, y cree que es defecto y falta de mortificación, pero es porque, después de haber purificado y desapegado de las cosas terrenas a la criatura,el Señor le dice, “Yo la devuelvo a la vida normal, porque quiero que mis hijos participen de las cosas que Yo he creado por amor a ellos, según mi Voluntad, no según la de ellos. Y sólo por amor a estos hijos, me siento obligado a alimentar a los otros”. (Lo mismo se ve en el Vol. 12°, 12.08.1918, donde Luisa habla de ese frecuente vómito que tanto la mortificaba).

[2]“Pues bien, hija mía, también tú eres única en mi Mente y serás también única en la historia; y no habrá, ni antes ni depués de tí, otra criatura a la que haga que tenga, como forzado por necesidad, la asistencia de mis Ministros. Habiendote elegido para poner en tí la Santidad, los bienes, los efectos y el Acto de mi Suprema Voluntad, era conveniente, justo, decoroso, por la misma Santidad propia de mi Querer, que un Ministro mío te asistiera y que fuera el primer depositario de los bienes que mi Voluntad contiene, y hacerlos pasar de su regazo a todo el cuerpo de la Iglesia… Y por eso, como encomendamos mi Madre a S. Juan, para depositar en él, y de él hacer pasar a la Iglesia, los tesoros, las gracias y todas las enseñanzas que durante mi Vida, estando encomendada a Mí y haciendole Yo de Sacerdote, depuse en Ella como en un santuario, y todas las leyes, los preceptos, la doctrina que la Iglesia debía poseer, y Ella, fiel como era y celosa hasta de una palabra mía, para que no se perdieran los depuso en mi fiel discípulo Juan, y por tanto mi Madre tiene el primado sobre toda la Iglesia, así he hecho contigo: debiendo servir el “Fiat Voluntas Tua” a toda la Iglesia, te he encomendado a un Ministro mío, para que depongas en él todo lo que te manifiesto sobre mi Voluntad”. (Vol. 15°, 11 de julio de 1923).