“Lo que falta a la Pasión de Cristo”

Tenía 13 años cuando una inesperada visión de Jesús con la Cruz a cuestas supuso un giro en la vida de Luisa. Lo cuenta ella misma:

"… Así, animada por Jesús, me dediqué a meditar su Pasión, y tanto bien hizo a mi alma, que bien puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que todo el bien me ha venido de esa fuente de gracia y de amor. A partir de entonces la Pasión de Jesús se abrió camino, no sólo en mi corazón y en mi espíritu, que sentía viva compasión, sino además, a causa de esta meditación, era tanta la intensidad que yo sentía en mi cuerpo que llegaba a sentir los dolorosos efectos de la Pasión misma. Me veía sumergida en ella como en un inmenso mar de luz, que con sus rayos de fuego me compenetraba toda en el amor de Jesús, que tanto había padecido por mí… Otras veces, era Jesús mismo el que me contaba sus amargas penas y los dolores que sufrió por amor mío, y yo me sentía tan conmovida que lloraba amargamente; y un día, más que nunca, mientras trabajando pensaba en las amarguísimas penas de Jesús, sentí mi corazón tan oprimido que me faltaba la respiración, y temiendo que fuera a pasarme algo malo, quise distraerme asomandome al balcón. ¿Pero qué es lo que veo? Por la calle
“¡Cuánto sufres, oh mi buen Jesús! ¡Si al menos pudiera ayudarte y liberarte de esos lobos tan rabiosos, o si no sufrir yo esas penas tuyas, esos dolores y violencias en tu lugar, para darte el alivio más grande! Ah, Bien mío, dame el padecer, porque no es justo que Tú debas sufrir tanto por amor mío, y yo, pecadora, estar sin sufrir nada por Tí!”

La casa en que Luisa vivió muchos años, hasta 1928.
Desde este balcón vio pasar al Señor con la Cruz a cuestas.
Ahora es sede de la Pía Asociación “Luisa la Santa”,
en la calle Nazario Sauro, actualmente Via Luisa Piccarreta, 25.

Desde entonces y para siempre se encendió en Luisa un deseo ardentísimo de sufrir por amor a Jesús. Empezaron entonces para ella los primeros sufrimientos físicos, si bien ocultos, de la Pasión de Jesús. Además, el Señor la privó de todo consuelo y gracia sensible, dejandola sola en medio a penas amarguísimas… Las cuales fueron tan intensas que repercutieron en su salud física. La familia se dio cuenta, pero lo interpretó como enfermedad. Por lo cual tuvo que someterse a las primeras visitas médicas, que no dieron resultado alguno.

Faltandole Jesús, le faltaba todo. Las mismas criaturas –el agua, el fuego, las plantas, las flores, el sol, le mismas baldosas de su cuartito–, que en su mudo lenguaje tan elocuentemente le hablaban de su Creador, de su único Bien Jesús, la provocaban con deseos tales que todo se convertía en amarguísima pena, y al mirarlas un pensamiento le decía inmediatamente: “Ah, estas son obras de tu Esposo! Ah, a ellas tengo el bien de verlas, pero a El no lo veo! Ay, obras de mi Señor, dadme noticias, decidme dónde se halla! Me dijo que pronsto habría vuelto, ¡pero quién sabe cuándo!”
Son los mismos lamentos conmovedores con los que en muchas páginas de sus escritos se expresa literalmente como la Esposa del “Cantar de los cantares”: “En mi lecho, toda la noche, he buscado al Amado de mi corazón; lo he buscado, pero no lo he encontrado… ¿Habeis visto al Amado de mi corazón?” (3,1-3) “…He abierto entonces a mi Amado, pero mi Amado ya se había ido, había desaparecido. Me sentí desfallecer por su desaparición. Lo he buscado, pero no lo he hallado, lo he llamado, pero no me ha contestado” (5,6). Es impensable que ella hubiera leído ese libro, y más en aquel tiempo.
Sólamente durante la Comunión oía de nuevo la voz de Jesús; pero teniendo que estar largos periodos con su familia en el campo, también de eso se veía privada. De todas formas, ver u oir a Jesús no dependía de su deseo, como es evidente en su diario.

Jesús la tranquilizó, recomendandole sobre todo la oración incesante (“aunque tuvieras que sufrir penas mortales”), la obediencia absoluta a su Confesor y el valor y el coraje en la batalla… La cual duró tres años, dice Luisa, desde los 13 a los 16 años, cuando aceptó ser víctima, y tras haberla combatido tanto en el alma como en el cuerpo, resistiendo a los asaltos, a las sugestiones, a las tentaciones y a los tormentos del enemigo infernal, terminó poco a poco.
Su familia, viendola muy desmejorada, quiso llevarla al campo para que se repusiera. Pero Dios la esperaba allí, “en el desierto”, para hacerla pasar a un nuevo estado de vida.