La voz de Jesús

Nueve años tenía Luisa cuando hizo la primera Comunión. Fue el Domingo “in Albis” de 1874; ese mismo día recibió el Sacra­mento de la Confirmación. Luisa se había preparado desde hacía mucho tiempo; había frecuentado la iglesia Madre para aprender mejor el catecismo y en los exámenes resultó superior a su edad, recibiendo ella el premio. El Arcipreste, Don Filippo Furio, dirigió a los pequeños palabras cálidas de fe y de amor al Prisionero Eucarístico. La pequeña Luisa lleró de ternura y con gran devoción se acercó por primera vez a recibir a Aquel que había de hacerla su Víctima y Hostia viviente. De Trani había venido el Arzobispo y se aprovechó para dar la Confirmación a los que habían demostrado ser buenos y estar preparados. Entre los primeros estaba Luisa.[1]

La Eucaristía se volvió para ella su pasión predominante y en Ella puso todos  sus afectos. Ya entonces Luisa se quedaba horas enteras en la iglesia (en su parroquia, Santa María Greca) arrodillada inmóvil, absorta en profunda contemplación.

Y ella misma cuenta que “un día, mientras quería rezar y meditar, el miedo me sorprendió y estaba a punto de huir en medio a mi familia; sentí una fuerza dentro de mí que me detenía y oí en el fondo de mi alma una voz que me decía: «¿Por qué temes? Tu Angel está a tu lado, Jesús está en tu corazón, la Mamá Celestial te tiene bajo su manto; así que ¿por qué tienes miedo? ¿Quién es más fuerte: tu Angel de la guarda, tu Jesús, tu Madre Celestial, o el enemigo infernal?  Por tanto no huyas, quédate y reza y no tengas miedo».”

De esa forma Luisa adquirió tanta fuerza, valor y firmeza, que desapareció el miedo y también cesaron las pesadillas nocturnas. Desde entonces –tenía unos doce años– empezó a oir interiormente la voz de Jesús, sobre todo cuando Lo recibía en la S. Comunión.

Jesús, haciendole de Maestro, unas veces la corregía, otras la regañaba, otras le enseñaba y le explicaba la meditación. “Desde entonces –escribe Luisa– en mi interior el amable Jesús me daba lecciones sobre la Cruz, sobre la manse-dumbre, sobre la obediencia, sobre su Vida oculta…”

Se hizo “hija de María” a los once años. El Señor no dejó en manos de nadie la tarea de la dirección espiritual y de la formación de Luisa, porque en ella había de formar precisamente la Obra de la Santidad de las santidades, su Obra personal de dar comienzo en la tierra al Reino de la Divina Voluntad. Por tanto, si bien Luisa estuvo siempre bajo obediencia, encomendada al cuidado de sus Confesores –tuvo cuatro en su vida, encargados de ella por los distintos Arzobispos, además de San Aníbal María di Francia, Confesor extraordinario–, ellos nunca fueron realmente para ella directores espirituales. Eso fue sólo Ntro. Señor en persona. [2]

La voz interna de Jesús llevaba a Luisa a desprenderse de sí misma y de todo; con ese fin le dió como modelo la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret. La vida en el Querer Divino, que años más tarde enseñó el Señor a Luisa, es la repetición de la Vida interior de Jesús, vivida sobre todo en el ambiente de Nazaret y en el de su Stma. Pasión. Y no es casual que la Arquidiócesis a la que pertenece Corato se llame de “Trani-Nazaret”.

 

“Tú serás la verdadera monjita de mi Corazón”

Luisa había ido a la escuela de las monjas de la Inmaculada Concepción (“las monjas de Ivrea”) y tenía un año o tal vez dos de escuela primaria. Un afecto un poco particular hacia ellas se había despertado en Luisa, un afecto o apego humano que Ntro. Señor amargamente le reprochaba y que fue el primero y el último de su vida. En esos años, dice ella, tenía casi la manía de querer ser monja y deseaba ser una de aquellas que conocía; pero el Señor bien pronto acabó con eso, permitiendo que probase una desilusión… Le habló de Su amor y de la inconstancia del amor de las criaturas, de como quería que absolutamente eso se acabara, y por último añadió: “… Cuando un corazón no está vacío,   Yo lo rehuso, no puedo empezar el trabajo que he proyectado hacer en el fondo del alma”.
A sus deseos de ser religiosa, Jesús respondía asegurandola: “Sí, te acon-tentaré; verás que serás monja”. Pero su familia se oponía, especialmente su madre, que decía que la habría acontentado si hubiera querido hacerse monja de clausura, pero no de vida activa.
A los 14 años fue con su madre a Trani, a solicitar ser admitida en el monas-terio de San Juan (clarisas de clausura), pero no la aceptaron, porque su madre contó las cosas extrañas que le sucedían y, sobretodo, la precaria salud de Luisa. Años más tarde, estando Luisa reducida en una cama, en su condición de Víctima voluntaria, quejándose con Jesús le decía: “Sin embargo me decías una mentira, te burlabas de mí, prometiendome que llegaría a ser monja”.

Pero el Señor muchas veces le aseguró que le había dicho la verdad, diciendole:  “Yo no sé engañar ni burlarme. La llamada que Yo te hacía era más especial: ¿quién es la que, con hacerse monja, incluso en las órdenes religiosas más rigurosas, no puede caminar, ni tomar el aire, ni gozar de nada? ¿Y cuántas veces en la vida religiosa dejan entrar el pequeño mundo y se divierten magníficamente? Y a Mí me dejan como aparte… Ah, hija mía, cuando Yo llamo a una vocación, sé Yo cómo realizar mi llamada. El lugar para Mí es indiferente, el hábito religioso para Mí no dice nada, cuando en la sustancia el alma es lo que debería ser si se hubiera hecho religiosa; por lo cual te digo que eres y serás la verdadera monjita de mi Corazón”.  

 

[1] - Noticias tomadas del borrador de una “Biografía”, escrita por Mons. Luigi D’Oria, Arcipreste de Corato.

[2] - El alma que vive en el Querer Divino, dice Jesús, nadie podría ser capaz de dirigirla, porque no conociendo el mar de la Divina Voluntad no puede conocer el modo de guiarla, ni Yo Me fiaría de nadie; todo lo más elijo el guía como expectador y oyente de los grandes prodigios que mi Querer lleva a cabo”.   (Vol. 13°, 28.11.1921).