La unión con Jesús

Empezó entonces otra cadena de gracias extraordinarias; el Señor se hacía ver muy a menudo, disponiendo Luisa al Desposorio místico y llevandola a la perfecta conformidad con su Voluntad.

Cuando Dios pide es para poder dar. Si hasta entonces Luisa iba a Jesús, en lo sucesivo era Jesús el que venía casi todos los días a ella. Sin embargo era suficiente que el Señor retrasara una horas Su presencia sensible para que eso fuera una pena de muerte cruel para Luisa. Además, pocos años después empezó a ser celebrada la S. Misa cada día en su casa, delante de su camita, con permiso de la Autoridad eclesiástica, interrumpida sólo por algún breve periodo.
El Señor empezó a prepararla al estado de unión al que la llamaba: “Yo quiero de tí la perfecta conformidad a mi Voluntad, de tal modo que tu voluntad desaparezca del todo en la Mía”.

Le dijo que pidiera al Confesor que le impusiera por obediencia no comer, ya que devolvía todo, pero el Confesor no accedió a eso. Pero luego, para que no pareciera especial, le mandó comer algo una sola vez al día, aun sabiendo que después de unos minutos devolvía todo. Lo cual era un fenómeno único, ya que devolvía todo dulcemente, como con un golpe de hipo, entero, fresco y de buen aspecto. Un fenómeno que le duró toda su vida.

Un año después de haber quedado como víctima perenne en cama, el Señor le concedió la gracia del “Desposorio místico”. Era el 16 de octubre de 1888, fiesta de la Pureza de María [1]. Luisa tenía 23 años.

Solamente con permiso del Confesor, “de la obediencia”, fue posible fotografiar a Luisa.
Existe una sola fotografia suya, cuando era jóven, pero no se la ve, porque su cara es una nube de luz.

Un día –ya habían pasado tres meses desde que se hizo Víctima perpetua– Jesús, presentandose a ella con un aspecto indeciblemente bello, dice ella, “en menos de lo que se dice hizo salir mi alma fuera de cada parte del cuerpo, dandome un cuerpo simplicísimo, todo risplandeciente de purísima luz, y a su lado seguí su rapidísimo vuelo, recorriendo la grande extensión de los cielos.
Ahora, al ser la primera vez que me sucedía este maravilloso fenómeno, mientras mi alma salía del cuerpo, empecé a exclamar: ahora sí que ha venido el Señor a llevarme, por lo cual, sin duda, ahora muero…!”

A partir de entonces, cada vez que perdía los sentidos, su alma (o mejor dicho, su espíritu)[2] abandonaba su cuerpo para seguir a Jesús. De esa forma a menudo se hallaban en lugares en que el Señor era ofendido o encontraban pecadores ostinados a punto de morir… Entonces, con inmenso dolor, el Señor le pedía que tomara ella una parte de sus penas crueles, por un lado, y por otro el peso de su Justicia y el castigo merecido por los pecadores, para satisfacer por sus culpas.
A esos dolores se añadía el más amargo: volver a su cuerpo y verse sola. Sus ardientes deseos de morir y entrar
definitivamente en el Cielo (“la Patria mía”) fueron contenidos sólo por la obediencia que le fue impuesta, de que no tenía que querer morir. En ese estado Luisa pasó el resto de su vida.

Once meses después de la gracia del “Desposorio” en la tierra, Jesús quiso ratificarlo en el Cielo, en presencia de la Stma. Trinidad y de toda la Corte Celestial, con una nueva gracia mística, la más alta conocida por los Santos y los escritores espirituales: “el Matrimonio místico”. Con ella le fue concedida a Luisa la adquisición perenne de las Tres Divinas Personas, representadas por las tres virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad), que establecieron en ella su perpetua y estable morada. Era el 8 de septiembre de 1889, fiesta de la Natividad de María. Luisa tenía 24 años y medio.

Ese fue el día y la ocasión en que Luisa recibió, ella la primera, el don del Divino Querer. En efecto, Nuestro Señor le explica 32 años después:
“Tu familia es la Trinidad. ¿No te acuerdas como, en los primeros años de estar en cama, te llevé al Cielo y en presencia de la Trinidad Sacrosanta hicimos nuestra unión? Y Ella te dotó con tales dones, que tú misma todavía no los conoces; y cuando te hablo de mi Querer, de su valor y sus efectos, te descubro los dones con que desde entonces fuiste dotada. De mi dote no te hablo, porque lo que es tuyo es mío. Y luego, a los pocos días bajamos del Cielo las Tres Divinas Personas, tomamos posesión de tu corazón y establecimos en él nuestra perpetua morada; cogimos las riendas de tu inteligencia, de tu corazón y de toda tu persona, y cada cosa que hacías era una actuación de nuestra Voluntad creadora en tí, eran confirmaciones de que tu querer era animado por un Querer eterno. El trabajo ya está hecho; no queda más que darlo a conocer, para que no sólo tú, sino también los demás puedan tomar parte en estos grandes bienes. Y eso lo estoy haciendo, llamando una vez a un ministro mío y otra vez a otro, y también a ministros de lugares lejanos…” (Vol. 13°, 5.12.1921).

El Señor prosiguió su obra, preparando a Luisa al último “desposorio”: “el desposorio de la Cruz”. Y así, una mañana, se le apareció Crucifìcado y le comunicó los dolorosísimos estigmas de su Pasión, accediendo sin embargo a la petición de Luisa, que no se vieran. Desde entonces, a menudo el Señor le renovó místicamente la crucifixión, especialmente el día de la Exaltación de la Santa Cruz. Como sus deseos irrefrenables del Cielo, así se volvió su hambre insaciable de padecer.

Un nuevo Confesor, Don Gennaro De Gennaro, la tomó bajo su responsabilidad en 1898, durante 24 años. Lo primero que le impuso por obediencia (y fue para ella muy penoso) fue que escribiera todo lo que sucedía entre ella y Jesús, desde el principio. Así es como Luisa empezó a escribir sus volúmenes (gruesos cuadernos) en forma de diario a partir del segundo, el 28 de febrero de 1899.
Es muy probable que haya escrito al mismo tempo el primer volumen, en que cuenta su vida pasada, a partir de los 12 años más o menos (desde 1877 a 1899), sin precisar a primera vista el orden de las cosas, aunque se deduce con una atenta lectura. Más tarde, en 1926 tuvo que añadir el “Cuaderno de recuerdos de su niñez”, para comple­tar el 1° volumen. El último capítulo del último volumen (el 36°) es del 28 de diciembre de 1938; y dejó de escribir, cuando cesó la obligación de hacerlo.

 

[1] – En los antiguos misales estaba esta fiesta, no hay que confundir con la de la “Purificación”, el 2 de Febrero. Noventa años más tarde fue elegido Papa Juan Pablo II .

[2] – “Todo lo que es vuestro: espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprensible…” (1ª Tes. 5,23).