Infancia de Luisa

Luisa no siempre había estado en cama. Sus primeros años los pasó en continuo movimiento, porque era sana y robusta; de esa robustez de las antiguas familias patriarcales que pasaban años en el campo, entre perfumes de tomillo y el balar de las ovejas.

La región de la Puglia, austera y ruda, laboriosa y sobria, refleja el carácter de sus habitantes… Una tierra tenaz, una tierra con corazón de piedra, en la que Dios ha querido realizar su antigua promesa: “…Os daré un corazón nuevo, pondré en vosotros un Espíritu nuevo; os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros y haré que camineis en mis normas y que observeis y cumplais mis leyes” (Ez. 36, 26-27).

Luisa vino al mundo en Corato, provincia de Bari, y allí ha vivido y santamente se ha apagado. El nombre de Corato parece ser que viene de “Cor datum” (“Corazón dado”). Admirable Providencia divina, que ha hecho que en el escudo de la ciudad figure un corazón en medio de cuatro torres que lo guardan… Sí, porque es la tierra en que Dios ha querido dar su Corazón, o sea, su Querer Divino, a una criatura, y donde ella le ha dado su corazón a su Señor…

La mañana del 23 de abril de 1865, Domingo “in Albis”, nació Luisa; esa misma tarde fue bautizada. Es el domingo que sigue al de Resurrección. Vale la pena notar que setenta años más tarde Nuestro Señor pidió, por medio de Santa Faustina Kowalska, que ese domingo se celebre la fiesta de la Divina Miseri-cordia; y que así mismo 60 años después, precisamente el 23 de abril de 1995, el Papa Juan Pablo II ha establecido que dicho domingo sea fiesta solemne. Obtenerla en favor de sus hermanos fue precisamente la primera misión de Luisa como víctima.

Y ella cuenta que había nacido “al revés”, pero que su madre no sufrió nada en el parto; “tanto que yo –dice– en los encuentros y circunstancias de mi pobre vida acostumbro a decir: ¡nací al revés! Es justo que mi vida sea al revés de la vida de las demás criaturas!”. Y también su muerte fue al revés de lo que sucede a los demás, como veremos por los fenómenos extraordinarios ocurridos a su cuerpo, al morir el 4 de marzo de 1947.

Particular del Libro de Bautizados, nota del Bautismo de Luisa:
n. 366 – Luisa Piccarreta, hija de los cónyuges Vito Nicola, (hijo) de Carlo, y Rosa Tarantini, del difunto Andrea,
nació el día veintitres de abril de 1865, a las 10 horas, y el mismo día bautizada por el coadjutor don Carlo Loiodice;
padrino en la Sagrada Fuente: Giuseppe Piccarreta, de Carlo.

Sus padres, Vito Nicola Piccarreta y Rosa Tarantini, ambos de Corato, tuvieron cinco hijas: María, Raquel, Filomena, Luisa y Angela. Estas dos últimas no se casaron y, después de la muerte de sus padres, respectivamente la madre el 19 de marzo y el padre el 13 de abril de 1907, Angelina se quedó siempre asistiendo a Luisa.

Desde los tres o cuatro años hasta los diez [1], la pequeña Luisa era de carácter miedosa; no sabía estar sola, ni ir a ningún sitio ella sola, lo cual era debido a las pesadillas que en esa edad infantil tenía cada noche. Soñaba que el demonio la asustaba, la hacía temblar, sudar frío, y ella se escondía, se refugiaba en brazos de su madre y así durante el día seguía con la impresión de los sueños y de tanto miedo, que le parecía como si por todas partes fuera a salir el demonio… Incluso cuando iba con su familia a la massería –una finca agrícola a unos 27 km. de Corato, llamada “Torre Desesperada”, en la comarca de la Murgia–, no podía quedarse sola ni aún en el jardín, porque el soplo del viento o el moverse las ramas de los árboles le hacían pensar que allí encima estuviera el demonio.

“Massería de “Torre Desesperada”, donde Luisa pasó largos periodos de su infancia y adolescencia
con su familia y donde tuvo las primeras experiencias místicas o sobrenaturales.”

Por ese motivo desde esa edad se acostumbró a rezar. Se encomen-daba cada día a todos los Santos y Santas que conocía con otros tantos Padrenuestros y Avemarías, para que la liberaran de los sueños…

Empezó también a despertarse en ella una tierna y profunda devoción a la Stma. Virgen, que ella llama “la Mamá Celestial”; a veces también soñaba con Ella, que le ahuyentaba el demonio. Una vez, en especial, le dijo: “Llora, hija mía, que ha muerto mi Hijo”. Luisa quedó conmovida y llena de compasión.

Con todo, dice ella, su infancia trascurrió así amargada e infelíz. Ni siquiera jugaba con las otras niñas o con sus hermanitas, a causa de sus oraciones interminables; así que se quedaba un poco apartada, pero no demasiado, a causa del su miedo. No quería tomar parte ni a fiestas ni a los entretenimientos, incluso inocen­tes, que se acostrumbran en las familias. Su temperamento vergonzoso le hacía sentir extrañas todas las cosas y le hacía estar en cruz, si la obligaban a participar o si su madre la llevaba a visitar a los parientes. Y si alguna persona iba a su casa, Luisa desaparecía hasta que la llamaban y le decían que las visitas se había ido; mientras tanto se había quedado escondida detrás de una cama, recogida rezando.

Recordando todo eso, un día Jesús le dijo:
“Hija mía, también la vergüenza con que te rodeé en tu tierna edad fue uno de mis más grandes celos de amor por tí. No quería que en tí entrara nadie, ni el mundo, ni las personas; quería hacerte extraña para todos; no quería que tomaras parte en nada que te gustara, porque habiendo establecido desde entonces que había de formar en tí el Reino del Fiat Supremo y debiendo tú tomar parte en sus fiestas y en los gozos que hay en El, era justo que de ninguna otra fiesta disfrutaras y que de los placeres y diversiones que hay en la tierra estuvieras en ayunas. ¿No estás contenta?”

Y Luisa declara: “Pero a pesar de que era vergonzosa y miedosa, era de carácter vivaz, alegre: saltaba, corría y también hacía travesuras”.

Luisa nunca sobresalió en ningún aspecto natural. Toda su vida fue una niña pequeña. Nada conoció fuera de Dios, y el mundo no la conoció; nada de humano había en ella que atrayera la atención.

Un día Jesús le dijo: “Oye, Yo he recorrido una y otra vez la tierra; he mirado una por una a todas las criaturas para encontrar la más pequeña entre todas, y entre tantas te encontré a tí, la más pequeña entre todas. Tu pequeñez Me agradó y te escogí; te encomendé a mis ángeles, para que te guardaran, no para hacerte grande, sino para que custodiaran tu pequeñez; y ahora quiero empezar la gran­ obra del cumplimiento de mi Voluntad. Con lo cual no te sentirás más grande, al contrario, mi Voluntad te hará aún más pequeña, y seguirás siendo la pequeña hija de tu Jesús, la pequeña hija de mi Voluntad”. (Vol. 12°, 23.03.1921)

[1] – Dice Luisa en el cuaderno “Memorias de la infancia”, de 1926.