3.3.2 San Benito (480 -543)
El futuro Patriarca de los monjes de Occidente, nació de familia noble, en
Nursia (Italia). Sus padres lo enviaron a Roma para estudiar; más, al conocer la
corrupción que reinaba entre los estudiantes huyó, de solo 15 años,
a los montes Apeninos, donde vivió tres años en una horrible y casi
inaccesible gruta. Unicamente, un santo monje llamado Roman conocía su morada y le
llevaba cada semana pan para sustentarse. No le faltaron duras pruebas. Cuéntanos
San Gregorio Magno, en la vida que escribió de San Benito, que al sentirse un
día movido de violenta tentación y vehemente deseo de volver al mundo, el
santo joven se desnudó de sus vestidos y se revolcó en un campo lleno de
espinas y abrojos, hasta que todo su cuerpo quedó lastimado y cubierto de sangre.
Tanto agradó al Señor sacrificio semejante que en adelante el santo no
volvió a sentir tentaciones carnales.
Dios, que lo destinaba a ser el Padre de los Monjes, permitió fuese descubierto
y llevado para ser Abad, de un monasterio vecino. Como estos monjes no se acomodaban a su
santidad, Benito volvió a su soledad de Subiaco. Pero pronto nuevos
discípulos vinieron a buscarlo y se vio precisado a levantar doce monasterios, de
los cuales el más célebre fue el de Monte Casino, cuna de la orden
Benedictina.
Allí las más ilustres familias romanas le mandaron sus hijos para que los
educara. Entre ellos le confiaron a Plácido y a Mauro. El primero, enviado a
Sicilia para fundar un monasterio encontró la palma del martirio, víctima
que fue de unos piratas.
Mauro pasó a las Galias para propagar la regla Benedictina, misión que
llevó a cabo de una manera admirable, pues desde aquel tiempo la orden se
extendió por todo el occidente Europeo.
Esa regla fue la que dio más renombre a San Benito. Monumento insigne de
prudencia, determina las obligaciones de la vida monacal, la repartición del tiempo
entre la oración, la lectura y la meditación de las Sagradas Escrituras, la
celebración del Oficio Divino, el trabajo manual, todo regulado por la obediencia.
Merced a esa misma regla, aprobada en 595 por el Papa San Gregorio Magno, los
monasterios Benedictinos no solo fueron focos de perfección para sus miembros sino
focos de civilización para las naciones recién salidas de las selvas del
norte. San Benito fue verdaderamente el educador de la Europa cristiana.
|