1.5.1 Quiénes fueron los Perseguidores
La religión de Nuestro Señor Jesucristo fue blanco de
contradicción desde su cuna. Ya vimos cómo la persiguieron los sacerdotes
judíos quienes hicieron prender, encarcelar y azotar a los apóstoles,
prohibiéndoles predicar la Resurrección de Cristo: cómo apedrearon a
San Esteban e hicieron decapitar a Santiago; cómo más tarde mataron a
Santiago el Menor, Obispo de Jerusalén.
Por todas partes se opusieron a la predicación de San Pablo y suscitaron
tumultos con el fin de darle muerte.
Empero los mayores obstáculos que había de vencer la naciente Iglesia le
vinieron de parte de los paganos.
Confundidos en un principio con los Judíos, muy pronto el pueblo
distinguió a los cristianos de aquéllos e hizo de ellos el objeto de su
odio. Ya en su tiempo el historiador Tácito los acusaba de "enemigos del
género humano". De tal manera que los consideraba como responsables de las
calamidades públicas.
Fomentaban aquel odio los filósofos paganos, enemigos de la doctrina de Cristo y
los sacerdotes de los ídolos que vivían del comercio de las víctimas
ofrecidas a los dioses.
Una tercera clase de perseguidores tuvieron los cristianos en Roma, a saber, los mismos
emperadores y, entre ellos, los mejores, pues veían en el cristianismo un peligro
para la unidad del imperio. Por eso mismo la causa determinante de tan largas
persecuciones fueron más bien de orden legal y jurídico.
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